La economía colaborativa revoluciona el modelo de consumo

28-02-2017 por IKI Media

Hasta hace bien poco, estábamos más que acostumbrados a recibir publicidad de marcas orientadas al gran consumo. De hecho, desde el boom del marketing y la producción a escala a mitades del siglo pasado, la economía ha seguido un ritmo trepidante donde la regla general era producir más, llegar a más consumidores y conseguir la mayor cuota de mercado. Era tiempo de las vacas gordas para las multinacionales, las marcas masivas y los monopolios horizontales.

Sin embargo, los recientes años de crisis financiera han supuesto una ruptura de este modelo. El escenario tradicional parece estar truncándose para dar cabida a un nuevo entorno en el que la contracción del gasto, el consumo responsable y el comedimiento en los precios son las nuevas reglas.

Y es precisamente en este nuevo entorno en el que están emergiendo nuevos modelos de negocio que están pensados para satisfacer estas nuevas expectativas de los consumidores. Es lo que entendemos como economía colaborativa, un nuevo modelo de producción y consumo de bienes y servicios, que, impulsado por las nuevas tecnologías de la información y las plataformas digitales, ha excedido el ámbito de lo anecdótico para convertirse en una seria amenaza para los mercados más conservadores.

Esta manera de adquirir servicios nace de una necesidad: la del propio consumidor de buscar precios competitivos en servicios no exclusivos. Aquellos que participan en la economía colaborativa están dispuestos a compartir el servicio o prescindir de ciertos beneficios para conseguir unas mejores condiciones de compra y, sobre todo, productos y servicios con los que se puedan sentir socialmente confortables.

Cuando el consumidor pasa a formar parte del proceso productivo

Esta demanda ha llevado a aumentar la aparición de plataformas colaborativas que están revolucionando mercados tan anteriormente sólidos como la vivienda, el retail o el transporte. En este último sector, destaca el éxito de compañías como BlaBlaCar o Pepecar ofrecen a un particular la posibilidad de compartir trayectos en coche; el propietario de un vehículo puede indicar la ruta a realizar y llevar varios pasajeros, compartiendo el gasto. El resultado es un precio más competitivo que el de una empresa de viajes convencional. Al mismo tiempo, plataformas como Uber o Cabify están cambiando las reglas de juego en el transporte público urbano, convirtiéndose en una seria competencia para taxis y autobuses.

En esta definición económica, los consumidores se organizan en comunidades de usuarios o plataformas colaborativas. Se trata de buscar la confianza que provoca el trato entre iguales. Las bases son similares al de un servicio P2P: el trato directamente entre estos consumidores. Es algo tan simple como prestarle una herramienta a un vecino. Se busca el ahorro, por un lado, y la optimización de los recursos disponibles por otro.

En la práctica, la economía colaborativa tiene multitud de aplicaciones a la hora de crear un negocio, algunos de los cuales apenas estamos comenzando comprobar. Un servicio de venta de productos como Wallapop, en la que son los propios usuarios los que deben concretar las condiciones de la venta, forma parte de esta tendencia. Es cierto que plataformas como ebay son una realidad desde hace años, pero ha tenido que suceder esta verdadera revolución social para que se conviertan en auténticos filones de oro.

Un caso similar lo podemos encontrar en el mercado inmobiliario, donde Airnb ha excedido su concepción inicial, más cercana al carácter de una red social destinada a conectar personas dispuestas a alquilar su casa o una de sus habitaciones y viajeros en búsqueda de alojamiento más económico que los hoteles tradicionales.

Una característica frecuente en estos modelos de negocio es que responden a una doble labor. Por un lado, ofrecen una plataforma para el contacto entre particulares interesados en un servicio en concreto. Por otro, proporcionan una seguridad en dicha transacción o acuerdo, a través de una serie de mecanismos que garanticen un marco seguro de compra.

Así, al aceptar usar una aplicación o red social, aceptamos una serie de normas y además, nos sometemos al escrutinio de esa misma comunidad de la que ahora formamos parte. Nuestra actividad determinará si el resto de usuarios nos encuentran fiables y capaces de cumplir con la oferta, de cualquier tipo, que estamos haciendo al resto de nuestros “vecinos”.

 El marketing aún está aprendiendo a adaptarse a este nuevo entorno

En cualquiera de los casos, estamos hablando de negocios cuya vida empresarial apenas se remonta a tres o cuatro años y cuya filosofía empresarial es heterodoxa y divergente respecto a la aplicación del marketing tal y como siempre lo habíamos conocido.

Modelos pivotantes cuyo negocio cambia y se adapta casi automáticamente a la realidad del mercado; el empoderamiento del consumidor, elevado al mismo tiempo a la categoría de productor; una base de comunicación y publicidad muy vinculada al mundo digital e hiperconectado en el que vivimos. Esta realidad nos está llevando al replanteamiento de las leyes, hasta ahora inmutables del marketing tradicional.

Unido a esto, tendremos que convivir con las fricciones generadas por determinados intereses enfrentados que ponen en dificultad la expansión de la economía colaborativa. Por un lado, los grupos de inversión y las empresas de nuevas tecnologías promueven la expansión de este tipo de servicios. Por otro lado, los gremios de profesionales y las empresas tradicionales acuden a las instituciones buscando una regulación que las proteja.

Sea como sea, el hecho es que la economía colaborativa no ha dejado de crecer en los últimos años, y todo parece indicar que está aquí para quedarse. Agencias, empresas y organismos públicos continuarán buscando la manera de regularla, para proteger al consumidor y conseguir una mayor rentabilidad para todos los implicados.

Y mientras tanto, el consumidor nos seguirá recordando que hace tiempo ha decidido dejar atrás cualquier rol de sujeto pasivo a expensas de los intereses del mercado para convertirse en un elemento activo en el que cada vez asumirá un papel más relevante y comprometido respecto a cómo quiere que sea la economía del mañana.

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